ÚLTIMO VIAJE
Las noches se hacían largas y los días pesados en aquel lugar llamado ciudad. Cada segundo se dividía en fracciones pequeñas que permitía ver los movimientos de cualquier objeto en secuencia. El aire espeso fragmentaba la luz del sol en habitaciones de humo donde la vida ya no ocupaba lugar. Las calles eran grandes autopistas de gente veloz con el único objetivo de ganar dinero. El concepto de dinero no me resultó fácil de entender. Algo semejante a un trozo de papel o de metal permitía tener más o menos. Las cosa no se valoraban por su contenido esencial, sino por un valor monetario. La gente convertida en titanes ciegos no daba más valor a sí mismas que a un trozo de papel. Nada era digno de respeto sino estaba forrado del verde del poder. ¿Dónde estaban aquellas personas que en el pasado convivían en armonía y respeto mutuo unas hacia otras? ¡Los pocos honestos eran devorados por la ley del más fuerte!
Comunidades enteras de gente desconocían a sus vecinos. Las calles dejaron de ser el lugar de encuentro de aquella sociedad apaciguada que luchaba por un bien común. Ahora sólo importaba el bien de unos pocos y el mal de todos. Los gobernantes no miraban por los individuos sino por sus intereses. Todo giraba entorno a un circulo vicioso de dinero y poder.
La pobreza aumentaba para enriquecer a unos pocos y la tecnología dominaba la parcela más pequeña de la vida de una persona. La naturaleza era un objeto más a explotar. Muchos de los míos en esta época murieron. Las zonas esféricas de los mundos seis y siete fueron tremendamente devastadas. Pensar en mis compañeros me alarmaba, porque se había producido una reacción en cadena que prometía arrasar todo aquello que tuviera una pizca de vida. La actitud de vuestra civilización moderna parecía ser una lucha despiadada contra la vida misma.
El estado era de locura general. Las gentes habían olvidado la verdadera esencia de la existencia y, sin saberlo, creaban sus propias tumbas con ansias de poder. Lo que ocurría en la ciudad era un simple reflejo de todo vuestro mundo. La situación era con escasas diferencias la misma en todos los países. Los habitantes de los países más pobres corrían desalmados a los más ricos para intentar, no vivir, sino sobrevivir. Los guetos en las ciudades crecían sin cesar. La homogeneidad no existía: un mundo lleno de personas que vivían juntas evitando tocarse. ¡Qué triste! Ya nadie hablaba con nadie. Cualquiera podía ser el enemigo público número uno.
Las guerras ininterrumpidas daban fe de la situación. El valor de la vida era cero: la gente moría y no importaba. Las numerosas religiones que en el pasado os sirvieron para ordenar vuestro mundo y entender mejor el universo, se transformaron en un arma de doble filo. El fanatismo excusaba cualquier acción. Todo estaba articulado para mantener en ignorancia a la gran masa, sólo unos pocos lo advertían. Entre éstos, unos se aprovechaban de la situación para ganar más poder, y otros intentaban con empeño recuperar la humanidad. En este último grupo se encontraban Hav y Fabel.
¡Las condiciones no podían ser peores!
La decisión fue clara: volver a Dalgrend. No era el paraíso pero al menos era uno de los lugares menos infectados por el virus de la nueva civilización.
Fabel abandonó sus proyectos siendo éste el único infortunio de su marcha. Hav era la mujer más feliz del mundo, y sus ansias por llegar a Dalgrend iban en aumento. Lo que ambos no adivinaban era que en los últimos años su pueblo natal se había convertido en un lugar tremendamente explotado. Al llegar a la estación, Fabel se llevó las manos a la cabeza al ver miles de personas desplazándose, recordándole el hormiguero que acababan de dejar horas atrás. La última visita a Dalgrend impresionó mucho a Fabel pero está vez la situación eran aún más preocupante, la decadencia que advirtió se había agravado aún más.
Tuvieron la suerte de haber conservado la casa de los padres de Fabel que hacía diez años habían muerto. Estaba relativamente apartada del núcleo urbano de Dalgrend, lo que les permitía disfrutar de tranquilidad y aire puro de bosque. Era chocante ver aquellas imponentes montañas cubiertas por un manto de árboles gigantes, llenos de sabiduría, y a sus pies una civilización completamente alejada de sus orígenes, que vivía en un ambiente completamente artificial sin sentir ninguna afinidad con la magnificencia que le rodeaba.
Aún conservo un escrito de Fabel, que retrata la situación humana, de esta última llegada a Dalgrend. Leed y entenderéis:
Los paseos ya no son cosa de hombres, han pasado a ser círculos concéntricos sobre la individualidad. Escaleras en espiral que suben y bajan al azar ritmados por el paso de la mayoría absorta por un solo lema: ¡ Amor a uno mismo!Salir a la calle, la aventura necesaria para ese ciudadano incomprensivo que duerme bajo los puentes húmedos. Puentes que unen realidades por si separadas.¿Por qué unirlas?¡Oh! Dichosos intereses que viajan en primera clase para dar más fuerza a su poder. Sin escrúpulos, sin miramientos, con frialdad así son los tonos sonoros del grito humano de un paso por la ciudad.La erosión no logra desafilar los bordillos incitantes al caminante. El juego del salto en piedra tras piedra es necesario, y con la necesidad ha perdido la magia del juego. Sobrevivir se hace necesario en un río con piedras convertidas en clavos, donde cada paso es una amenaza de crucifixión para el transeúnte común.¿Cómo catalogar a los caminantes?Los hay que no saben nadar así que uno de mil se salva. Los que saben nadar mueren ahogados por la sangre derramada de los anteriores, convertida en el veneno más mortal: sangre sacrificada por el mismo hombre. Y por último tenemos a los que no cruzan, no salen a pasear por el peligroso río de las avenidas. Ellos contemplan la atrocidad con parsimonia mientras ajenos a lo visto sonríen a la muerte, pero claro está, sin valor.
Fabel en uno de sus paseos matutinos se encontró con un antiguo amigo, que no tuvo la buena o mala suerte de tomar el tren que a finales de aquel lejano verano había llevado a todos sus compañeros a la ciudad, y por eso se quedó de por vida en Dalgrend. Su nombre era Sorg. La última vez que se encontraron era un hombre lleno de ímpetu, dedicaba su vida a la agricultura y su amor a la familia. Al volverlo a ver, Fabel advirtió que no sólo el paisaje se había dañado, también la buena gente de Dalgrend.
⎯ ¡Buenos días, Sorg! Tú aquí sentado como siempre, nadie a logrado moverte de tu sitio.
La cara de Sorg estaba castigada por el pasar de los años y los trabajos a pleno sol en los campos de cultivo. Con su mirada penetrante examinaba a Fabel mientras lo escuchaba.
⎯ ¡Buenos días! El hombre de la ciudad ha vuelto. ¿Qué te ha traído esta vez por aquí?
Fabel con su mirada exploraba las partes más recónditas de la interioridad de Sorg.
⎯ Como sabes, Dalgrend nunca ha dejado de ser mi hogar y ahora que somos mayores, Hav y yo hemos decidido instalarnos aquí.
Sorg con un movimiento de manos invitó a Fabel a sentarse. Él aceptó.
⎯ Hay algo que debes saber, sino lo sabes aún⎯ dijo Sorg.
⎯ ¿ A qué te refieres?
⎯ Supongo que te habrás dado cuenta de los cambios que ha habido por aquí.
Fabel afirmó con la cabeza.
⎯ Sí, es un completo desastre. Por suerte aún se salvan las montañas.
⎯ Lo peor no es eso. ¿Recuerdas a todos nuestros amigos y sus familias?
⎯ ¡Claro! ¡Cómo los iba a olvidar!
Los ojos de Sorg se humedecieron mientras miraba perdido las pizarras del tejado de la casa de enfrente.
⎯ ¡ Ya no queda nadie! Todo son forasteros. Me siento un extraño en mi propia tierra. Mi angustia crece cada día más. No sé que hacer para no sentirme así.
Fabel no se unió a sus lágrimas, pero si a su pena. Juntos guardaron silencio mientras miraban a su alrededor, dándose cuenta del paso del tiempo y de cómo todo había cambiado de una forma anormal.
⎯ Sorg, entiendo muy bien lo que sientes y piensas, pero es inevitable. El mundo ha cambiado. ¡ Nada es lo que era! Tenemos que aceptar la situación tal como es. A nuestra edad poco podemos hacer. Lo único que nos queda es morir con dignidad, estar orgullosos de haber nacido aquí y mantener esa pureza que ha sido la fuerza que a alimentado nuestras vidas.
Sorg sin mover la cabeza miró a Fabel, que se levantó y sonriendo le dijo:
⎯ No seas presa de tus recuerdos. ¡Crea nuevos en los que poder disfrutar!
Los nuevos habitantes de Dalgrend eran una copia exacta de los habitantes de la ciudad. Su razón de ser era la misma: ganar dinero, olvidándose de la verdadera riqueza que gratuitamente les rodeaba.

Fabel paseaba cada día por las calles irreconocibles de Dalgrend. Su aspecto con los años había cambiado. Una espesa barba blanca cubría su cara, se ayudaba de un bastón para caminar porque sus piernas no eran las de antes. Hav lo acompañaba en muchos de sus paseos. El paso del tiempo tampoco se había olvidado de ella. Su pelo era blanco y pequeñas arrugas decoraban su cara. La verdad es que eran una pareja deliciosa que todavía conservaba su amor de una forma digna de admirar. En uno de sus paseos, pasaron por casualidad por la nueva escuela de Dalgrend que había sido construida encima de los cimientos de la antigua. El lugar que ocupaba el antiguo patio seguía siendo el mismo. Se detuvieron y en silencio lo contemplaron.
⎯ ¿Estás pensado lo mismo que yo?
Fabel la miró intensamente y le respondió con un vigoroso abrazo, acompañado de un beso. Mientras Hav respondía:
⎯ Cuando pienso en aquel día en el que nos conocimos aquí en el patio, siento como mi cuerpo se estremece y como la juventud vuelve.
Decía esto mientras una pequeña lágrima se deslizaba hasta llegar al suelo.
⎯ ¡Hav, te amo! Te amo desde el día en que te conocí, y cada día que paso en tu compañía da razón de ser a mi vida.
En aquel momento me sucedió algo incomprensible. Me puse a llorar. Un duende no sabe llorar, no siente como vosotros. Supongo que tantos años en contacto con vuestra especie me ha transformado un poco. Mis llantos y suspiros advirtieron a Hav y Fabel de lo que me sucedía. Y entre risas y llantos me decían al unísono:
⎯¿ Qué te pasa, Vilje? Te estás volviendo humano.
Aprovechando que Fabel y Hav se habían instalado en Dalgrend, volví a pedir el traslado, de la zona esférica del mundo cuatro a la del mundo dos. Los de mi sección cedieron ante mi propuesta, con la condición de permanecer siempre en la zona esférica del mundo dos, que como sabéis es Dalgrend, y no pedir ningún traslado más.
Los sorprendí por la noche mientras dormían. No esperaban verme físicamente nunca más. Fabel, que era ya muy anciano, del susto salto de la cama como un jovenzuelo. Hav se limitó a chillar. Fabel se acercó de rodillas y cuando llegó a mi altura me sonrió diciendo:
⎯ Eres igual, el mismo, no has cambiado nada. No sabes la alegría que tengo al verte de nuevo.
Hav por el contrario seguía asustada, era la primera vez que me veía. Cuando llego a la ciudad yo ya me había cambiado de zona. Para tranquilizarla empecé hablar, enseguida reconoció mi voz y me preguntó:
⎯ ¿Eres tú, Vilje?
Me puse a reír, luego salté sobre la cama para que pudiera verme mejor. Mientras, Fabel observaba la situación con un interés irónico. Con mucha dulzura me tomó en sus manos y llevándome hasta la altura de sus labios me beso. No sé qué ocurrió, mi cuerpo se estremeció.
Después de aquella noche las visitas eran constantes y nos divertíamos como nunca. Yo le resultaba muy gracioso a Hav, que no paraba de hacer bromas sobre mi apariencia.

Volver a Dalgrend significó mucho pues nunca dejó de ser mi hogar. Una de las primeras cosas que hice fue buscar a Glede. ¿Sabéis una cosa? Es fantástico ser de mi especie, los años no pasan, siempre tenemos el mismo aspecto. Glede se encontraba en casa de una niña, que acababa de nacer, para hacer el control de costumbre. La sorprendí mientras salía por la ventana. Quedó exhausta al verme. Nos miramos y volvimos juntos al portal que une nuestro mundo con el vuestro y la bese. ¡Me teníais que ver! Se quedó inmóvil, no entendía el porqué la besaba. Lo volví a intentar, esta vez sintiendo lo que pensaba de ella, que me miró agitando sus alitas diciendo:
⎯ ¡Me gusta, Vilje! ¿Quién te ha enseñado? Esto lo hacen los humanos.
Yo contesté:
⎯ Bueno, mirando atentamente.
¡ Creo haber aprendido algo bueno de vuestra especie!

Lo inevitable sucedió. Hav dejó de moverse y hablar, igual que lo sucedido años atrás al abuelo de Fabel, Dod. Tenía ochenta y tres años, una edad por encima de la media de la gente que no se movía y no hablaba más. Fabel construyó un camastro de leña detrás de la casa donde vivían, luego puso a Hav encima y prendió fuego a la madera hasta que ardió todo, quedando como resultado cenizas. Éste era un ritual que aún desconocía. La muerte de Hav apenó mucho a Fabel, pero no como comúnmente sucede ya que llevaban años hablando sobre el tema y preparándose para este momento. Esto le ayudo a superarlo. Los últimos años que pasaron juntos fueron la prueba que evidenció una vida auténtica no solo por el amor que mutuamente sentían, sino por la frescura que acompañaba su día a día.
Fabel paseaba siempre, contemplando a su alrededor por un lado la gran atrocidad de la civilización moderna y, por otro la magnificencia de lo natural. Ambos aspectos coexistían de un modo muy peculiar en Dalgrend.
Su rostro era alegre y sus ojos esperaban el momento para no ver más.